lunes, 1 de abril de 2013

El placer de viajar


Existen dos elementos que considero imprescindibles para el pleno disfrute de un viaje (especialmente de un viaje a algún lugar fuera de nuestras fronteras europeas): flexibilidad y capacidad de adaptación.

En mi opinión, el placer de viajar radica en gran parte en el hecho de que te permite salir de la rutina para adentrarte en un mundo nuevo, en una página en blanco en la que cada cual decide como transcurrirá cada momento del día y en la que deja un espacio importante a ser sorprendido por la belleza de un paisaje desconocido, la conversación con locales, un buen plato de comida... Por eso, el que sigue una guía de viaje, las recomendaciones de un amigo o un documental al pie de la letra corre el riesgo de restar parte del encanto que supone descubrir por uno mismo; estas opiniones o recomendaciones expresan la opinión y punto de vista de una persona y si no prestamos atención a nuestros deseos, podemos caer en el peligro de dejar poco lugar a la imaginación y limitar nuestra percepción personal.

Lo que nos llama la atención y nos atrae de los viajeros de la edad media o de finales del siglo XIX, es la aventura que envuelve dichos viajes, la capacidad de improvisación, la adaptación a nuevas circunstancias, la novedad y la imprevisibilidad. Estos son elementos que nos hacen salir de la rutina de cada día; levantarnos a la misma hora cada mañana, saber lo que ocurrirá en cada momento del día, lo que vamos a comer, a quien nos vamos a encontrar... Pensamos que este tipo de experiencias es imposible vivirlas hoy en día, ya que todo está sobre el papel, todo está descubierto. Sin embargo, si nos lo proponemos, cada viaje puede dar lugar a tantos libros de viajes nuevos como maneras de percibir la realidad existen.

El problema es que vivimos en una sociedad tan segura y de la que esperamos tanta protección que tememos aquello a lo que no estamos acostumbrados, perdiendo por tanto el encanto que supone ser sorprendidos por nuestra propia experiencia personal de los hechos. Como consecuencia de esto, por poner un ejemplo, la tendencia a seguir a pies juntillas lo que está escrito o lo que  se rumorea entre nuestro entorno más cercano, en lugar de comprobar con nuestros propios ojos lo que nuestra percepción de la realidad expresa, puede llevar a la creación de estereotipos y prejuicios sobre personas y actitudes. Esta ruptura solo se consigue, como decía al principio, a través de una cierta flexibilidad mental, de poner en duda nuestros propios prejuicios y, por supuesto, los de los demás, de tener la capacidad de escribir nuestra propia realidad y de escuchar nuestras propias percepciones.

Por todo esto y antes de terminar, no puedo más que citar a dos escritores para mí de referencia, ya que han desarrollado mis ganas de aprender en cada viaje lo que este puede enseñarme dejando a un lado valores externos. Estos escritores son Ryszard Kapuscinski, y otro algo menos conocido pero igualmente recomendable como Robert Kaplan. Lo que les hace merecer toda mi admiración respecto a los viajeros de siglos anteriores es que ellos rompieron con percepciones ya expresadas para escribir las suyas propias, y esto lo hicieron gracias a un espíritu rompedor que les llevaba a conversar, durante sus viajes, con todo tipo de personas, desde el panadero hasta el ministro, los de una ideología política y los de otra, los pobres y los privilegiados, pero también dejándose llevar por la improvisación, por los cambios de último momento y rompiendo con la seguridad que da el saber lo que ocurrirá en cada momento para descubrir que lo que no estaba escrito o planificado puede llegar a ser aun mejor que lo que si lo estaba.

1 comentario:

Carlos Blanquero dijo...

Muy buen blog ! saludos !

http://fotosdecarlosb.blogspot.com.es