lunes, 3 de septiembre de 2018

North Darfour

Darfur se divide en tres regiones: Norte, Sur y Oeste. Nosotros estamos en la región del Norte, o North Darfour (frontera con Libia y Chad) y esto es porque los fuertes conflictos internos que se producían hasta hace un año, llevaron a miles de personas a abandonar sus hogares en busca de un lugar más seguro, pero donde raramente encontraban unos servicios mínimos, como centros de salud.

En Sudan, como en la mayoría de los países africanos, hay infinitas tribus. Éstas ya estaban ahí antes de que los occidentales, regla en mano, crearan países basándose en caprichos solo comprensibles para ellos. Por este motivo, puede haber una tribu que esté presente en Sudan, Chad y República Centroafricana al mismo tiempo, pero que según dónde se encuentre, será considerado o no un extranjero. Ellos no entienden de fronteras, sino de tierras. Esto, junto al hallazgo de recursos naturales, a los diferentes modo de explotación, al aprovisionamiento de armas, y al apoyo de diferentes poderes, crean en su conjunto un polvorín, que es el que salta por los aires de tiempo en tiempo, llevando a su población, en su mayoría inocente, a buscar refugio.

Pero no todo son noticias negativas, y es que en esta pequeña aldea donde me encuentro ahora, y en la que llevamos trabajando desde 2012, la situación de estabilidad, sumado a los recursos que hemos invertido en el hospital y a la capacidad y esfuerzo de la propia población, son ahora lo suficientemente consistentes para que puedan seguir adelante de manera autónoma y sin necesidad de nuestro apoyo.

Por mi parte, me puedo sentir afortunada de estar aquí antes del cierre del proyecto, y tener así una excusa para conocer otras facetas de este país que tanto cambia de un lugar a otro. En mi primera visita me di un largo paseo atravesando la aldea en la cual tenemos la base y el Hospital. No me podía imaginar lo que me contaban mis compañeros nacionales, esto es, que hace solo dos años en este mismo pueblo se vivían enfrentamientos armados como aquellos de Batangafo (República Centroafricana). No me lo podía imaginar porque actualmente se respira una paz tal que sus habitantes parecen haber salido todos de una sesión de meditación intensiva, y en las calles, repletas de gente sobre todo al atardecer, cuando el sol afloja, se ven hombres caminando pausadamente, niños jugando a la pelota, mujeres sentadas en las puertas de sus casas viendo a la gente pasar, comerciantes volviendo a casa con sus burros y los productos no vendidos….

 Mi primera parada la hice en el mercado, por lo general un lugar bastante divertido y en el que todos los países coinciden por ser en parte el reflejo de su sociedad, cultura, tradiciones y economía. Me contaban que, según la época del año, uno puede encontrarse este mercado completamente vacío o, por el contrario, rebosando de frutas y verduras. Este cambio va directamente relacionado con color de los campos que nos rodean, que pasan del marrón al verde de una forma espectacular.

Dentro del propio mercado, un conjunto de banquetas y mesas bajas de madera, situadas debajo de un árbol inmenso de ramas infinitas al que llaman Mayo Tree, conforman cada tarde un ambiente que nada tiene que envidiarle a la Plaza de El Salvador de Sevilla o La Latina de Madrid, eso sí, guardando las distancias, pues aquí no se vende alcohol, y tampoco hay mujeres, salvo las que venden el té de hobisco. Uno viene aquí a charlar con sus amigos mientras toma un café o un té, como lo haría en cualquier bar europeo que se precie. El único elemento discordante es la presencia de militares, armados hasta las trancas y con caras de pocos amigos, que no ven al parecer ningún inconveniente en tomarse el té mientras sacan brillo a sus kalasnikovs. Dicen que están ahí para mantener la paz, y que han formado parte de un proceso de desarmamento. Pero a mí me transmiten poca confianza.

Una de las curiosidades del mercado, son esos chicos que se sientan delante de sus ordenadores, pegados a unos altavoces semi-destruidos por el polvo y el tiempo, y a través de los cuales emiten la música disponible para su venta a aquellos que cuenten con un pen-drive. Me pregunto cómo consiguen descargarse esa música teniendo en cuenta la limitación tecnológica que nos rodea.

En el otro extremo hay unos chicos que llevan una carretilla, haciendo las veces de puesto itinerante y cuyas decenas de enchufes, ordenadamente instalados, sirven para cargar las baterías telefónicas de aquellos que tiene la suerte de poseer un teléfono móvil, pero no acceso a electricidad. Dime necesidad, y encontrarás un negocio…

Un espectáculo que me perderé con gran pena es el de la venta de burros. Éste tiene lugar los domingos, y debido al alto número de personas que se conglomera para tal evento, las probabilidades de que desate una pelea también lo es, y por tanto, tenemos prohibido acudir. Nunca había visto tantos burros como he visto en este país, y más concretamente en esta zona. Por poner un ejemplo de la magnitud de su presencia, por las mañanas, en cualquier otro proyecto, me vería despertándome por el común y conocido sonido del gallo, sin embargo aquí es el burro el que da la noche (literalmente). Y hasta a eso se acaba uno acostumbrando.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Sudan

Escribo esto a modo de carta para todos/as los/as que me seguís y os despierta un poco la curiosidad de lo que ocurre en este lado del mundo…

Khartoum

Estoy en Sudan, que no es Sudan del Sur (donde hice mi primera misión). Sudan y Sudan del Sur eran un solo país hasta 2011. Entonces, Sudan de Sur se separó de Sudan, por muchos y complicados motivos.  Los más destacados: diferentes religiones (al norte, musulmanes, al sur cristianos y otros), diferentes idiomas (al norte, árabe, al sur, árabe, pero también otras muchas lenguas locales), y diferentes culturas, mucho más complejo de explicar. 

No conocía Sudan, y ahora veo las enormes diferencias con sus vecinos del sur. A primera vista, Sudan parece mucho más desarrollado, lo que me lleva a entender que cuando se trataba de un solo país, y Jartum era la capital de ambos, probablemente el sur era una zona mucho más abandonada por este gobierno centralista y privilegiado, que miraba más hacia sus amigos musulmanes. 

Pero como digo, todo es mucho más complejo de lo que parece a simple vista. Y ni Sudán del Sur encontró la paz tras la independencia (conflictos internos, luchas de poder,…), ni tampoco Sudán se deshizo de sus históricos conflictos dentro del propio país. Conflictos que me recuerdan a los de otros países africanos como República Centroafricana, y cuya base se encuentra en el control de territorios para su uso ganadero o agrícola o para la explotación de recursos naturales. 

Dentro de Sudán, trabajamos en dos regiones diferentes. Por un lado esta lo que se conoce como White Nile, al sur de Sudan, frontera con Sudan del Sur, y cuyo nombre procede del hecho que el Nilo (el que nace en Uganda) atraviesa la región de Norte a Sur. Nuestra intervención aquí es relevante en cuando que ofrecemos asistencia sanitaria a los refugiados procedentes de Sudan del Sur que huyen de su país por los conflictos internos (paradojas de la vida, vuelven al país del cual se separaron). Por otro lado está Darfour, al oeste de Sudan, frontera con Chad, más al oeste, y con Libia y Egipto, al norte. El motivo por el que estamos aquí presentes son los miles de desplazados internos que se han visto viviendo en una zona originalmente despoblada, o semi- despoblada, y que huyen de sus hogares por los enfrentamientos con otras etnias. 

Mi base es Jartum (la capital de Sudan), pero durante un año tendré la oportunidad de moverme también entre White Nile y Darfour.  También iré a Nairobi, durante un mes, cada dos meses, para renovar mi visa. 

 Jartum me impresionó positivamente desde la primera vez que puse mis pies en su aeropuerto (los aeropuertos suelen ser un indicador importante). Esta impresión quizás se deba a la comparación que hago con las capitales de anteriores misiones por las que he pasado (Juba, Bangui, Sanaa…), pero lo cierto es que aquí uno tiene opciones: Salir a correr al estadio olímpico, tener una tarjeta telefónica para estar conectado a internet sin necesidad de wifi, restaurantes, pasear por las calles incluso aunque sea de noche, visitar un museo, comprar una gran variedad de productos en supermercados cuyos suelos brillan hasta el dolor, tomarse un zumo de menta y limón frente al Nilo,…. 

Cierto es que las infraestructuras dejan mucho que desear. El estadio olímpico, por ejemplo, más bien se convierte en una piscina olímpica cuando caen chaparrones inesperados, y uno tiene que tener cuidado de dónde pisa si no quiere acabar la carrera en un hospital. Pero por lo demás, resulta bastante exótico verse haciendo deporte al exterior, en la capital de un país donde las mujeres deben ir cubiertas con velo, y rodeada de edificios altos, modernos pero con un estado de decadencia destacable.

Por otro lado, aunque en los supermercados uno encuentra de todo, la limitación se encuentra en el bolsillo. Por ejemplo, un bote de crema hidratante para el cuerpo que en Europa costaría una media de 3 euros, aquí no lo encuentras por menos de 12 euros. Es por ello que estos locales están prácticamente vacíos y son solo accesibles a unos poco sudaneses privilegiados, u occidentales con salarios de Naciones Unidas (entre los cuales no me encuentro).

Restaurantes hay muchos, aunque aún no he probado aquel en el que venden al parecer un pescado (del Nilo) que hace las delicias de los más esquisitos, pero cuya calidad también se paga... Entre mis restaurantes preferidos está el Ozone. Uno entra en su jardín y parece estar en cualquier sitio menos en un país que requiere la presencia de nuestra organización. Árboles enormes pueblan el jardín, impidiendo ver los feos edificios que lo rodean, unos aparatos que desprenden agua vaporosa refrescan el ambiente y los numerosos camareros uniformados de blanco corren de un lado a otro sirviendo ricas ensaladas y helados variados, como aquel hecho a base de dátiles. Es un lugar variopinto y, según la hora del día, y el día de la semana, se pueden ver sudaneses de clase alta con sus familias, o mujeres sudanesas  más modernas con sus amigas, turistas occidentales que han venido a disfrutar las maravillas del desierto y sus pirámides, trabajadores de organizaciones internacionales, y también un círculo de gente joven, estudiantes, africanos y nacionales, con un toque artístico, que imagino son los que hacen “ruido” cuando alguna injusticia se produce en el país. 

Lo único que puede llegar a hacer insoportable la vida en esta ciudad es su calor y eso que ahora es la época de lluvias. No me quiero imaginar cómo será durante los meses de mayo y junio…